martes, 24 de abril de 2012

Simplemente

Se me hace difícil ver mi vida en retrospectiva, porque duele, aunque ¿a quién no?...

No, necesito escribir algo diferente, fresco. No encajonado. Claro, para salirme un poco de lo cotidiano. Saben, de vez en cuando me salen rimas sin querer, eso me parece genial, pero cuando quiero hacer un poema, ¡zas! no quieren aparecer.

…Saben, estas palabras me nacieron caminando de vuelta a casa, me di cuenta que me gustaba cómo sonaban, la sinceridad que traían, la fluidez. Me gustaron tanto que decidí escribirlas y aquí estamos, son las 11pm, aunque lo publicaré cuando termine de escribir “Cuando tu ocaso se convirtió en el mío”.

¡Cierto!, iba a hablar de dos chicas, pero no piensen que son mi confusión, o alguno de esos pasajes autobiográficos perdidos en este blog, ¡no!, no es nada de eso. Quería hablar de ellas, porque complementan partes de mi vida, y me ayudan a revivir partes que creía olvidadas.

Una, es alegre, en serio es alegre, una sonrisa que sinceramente contagia. Su sentido del humor es ligero. Puede alegrarme en cualquier momento. Recuerdo, que en estos días difíciles, me hizo olvidar los problemas. Y vaya que es una persona valiente, fuerte y con gran dicha por la vida. Si no fuera por ella, la clase en la que estoy, sería un aburrimiento total.

Sus ojos también demuestran esa alegría que se forma en sus labios. Toda ella es alegría, no he conocido a alguien que me logre poner de buen humor, a pesar de lo mal que esté (y eso sucede a menudo, a veces con razón, otras sin que nunca me entere del porqué; simplemente me pongo melancólico y se me jode un poco el día). Por eso puedo esta agradecido de tener a una amiga como ella.

La otra chica…a la otra chica le he agarrado un cariño diferente. Ella ha revivido partes de mí que había olvidado. Me ha hecho recordar cómo se puede reír de pequeñas cosas. Siempre tiene algún comentario por el cual me arranca una sonrisa. Cuando tengo la oportunidad estoy pendiente de ella (aunque claro siempre he sido una persona que está pendiente de lo que pasa a los demás, no siempre, pero mayormente lo estoy). Su sonrisa es mi sonrisa, pero con ello no digo que estoy enamorado de ella (ni siquiera podría plantearme algo como eso, porque en esta etapa de mi vida, sólo me conozco un 10%, necesito más que eso).

Últimamente la dejé con una duda. Cuando se presenta la oportunidad se la recuerdo, aunque claro, no quiero que sea para toda la vida. La razón de dejarla con esa intriga, es porque hasta ahora me parece divertido que me insista para que le diga el porqué. Pero, la razón de la frase, esa es otra historia…al principio ni siquiera sabía el porqué de esta. Ahora sí lo sé. Y sé que llegará el momento de decírsela, a menos… a menos que lea esto y lo intuya, o quizás lo lea y no lo intuya. Ya se verá, ya se verá…

Bueno, para la próxima, ¡una nueva historia! (la verdad, no sé si tengo lectores asiduos, ¡rayos!)

sábado, 21 de abril de 2012

Cuando tu ocaso se convirtió en el mío (quinta parte)

Desde el primer momento que la vi, una pequeña llama se encendió, y de allí en adelante empezó a crecer. Cada día era un pequeño nuevo comienzo en nuestras vidas. Teníamos todo a nuestra disposición: techo, comida, agua, y lo más importante: nos teníamos el uno al otro. Y sin embargo había un pensamiento que me perseguía.

Desde hacía un mes le había planteado a Paula de que si existiese aún la posibilidad de que se convierta en una de esas criaturas, me permitiera llevar el mismo destino (maldita palabra). Ella se negó hasta el día en que cayó enferma. La cuidé y me di cuenta de que, aunque hasta ese momento no se había transformado, la enfermedad estaba avanzando. A esta conclusión llegué, cuando me mordió la mano, cicatrizándose rápidamente.

Ella me pidió disculpas, yo le dije que no era su culpa, que más bien era algo bueno, porque ahora llevábamos el mismo destino. Las horas pasaron, pero ella no mejoraba, así que tomé la decisión de buscar a los “monstruos”, sí, de quienes nos ocultábamos, porque sólo ellos tenían la información para afrontar lo que le sucedía a Paula.

Cuando llegué, encontré dos hombres resguardando la entrada, les dije que quería ver a su jefe, se miraron entre ellos y me dejaron entrar. Ya adentro, un “monstruo” alto y fornido se presentó como “El señor Gutiérrez” y me dijo: “¿Sabes que no vas a salir de aquí con vida?” No le hice caso preguntándole: “¿Hay alguna forma de revertir la transformación o de no dejar que se complete?” Gutiérrez me miró extrañado, luego empezó a reír. Reconocí la risa, pero el sujeto rubio de veintitantos ya no era ni la sombra de lo que fue. Su pelo se había ennegrecido y su piel de igual forma. Cuando terminó de reír me contestó: “Lo único que sé es que no todos se convierten, eso fue lo único que nos dijeron nuestros padres antes de irse” Terminada la respuesta volvió a reír.

No había plan después de que me contestara, sólo sabía que tenía que huir de allí. Y eso fue precisamente lo que hice hasta que estuve lejos de esa casa y oí a lo lejos: “¡Corre, nos encantan las presas que huyen!”

Cuando llegué al campamento Paula estaba convulsionando. Pensé: “Es el momento, se convertirá dentro de poco” Tomé su mano, ella me miró y movió su cabeza de un lado al otro. No le entendí. Ella cerró los ojos, pero no los volvió a abrir. Empecé desesperadamente a mover sus manos, a acariciar su rostro, era en vano, esperé sentando, creyendo que en cualquier momento volvería a perderme en sus pupilas, como la primera vez, pero no, se había ido para siempre. Entonces sentí un gran calor y me desmayé.

Al despertar estaba nuevamente en la casa de “los monstruos”. Eran nueve más “Gutiérrez”, me miraban y movían su cabeza de arriba hacia abajo. Tampoco lo entendí. Intenté liberarme de la silla donde estaba amarrado, pero cuando estaba a punto de soltarme empezaron a morderme los brazos. El dolor era intenso, hasta que empecé a ver todo borroso, vi a Paula llorando, vi a mis padres, vi a mis amigos, vi la casa rodeada de árboles quemándose, me vi volando para atrapar a una chica que se parecía a Paula…

Cuando por fin pude reaccionar, sentí cómo si todos mis músculos se hubiesen contraído. Era dolor lo que sentía, pero lo que hizo que el dolor se convirtiera en rabia fue ver la sonrisa de todos los presentes. Agarré una hoz que estaba cerca a mí y corté la cabeza de uno, así empezó mi venganza, aunque ninguno puso resistencia. Dejé al último a “Gutiérrez” y cuando estaba a punto de cortar la yugular, me dijo: “Sólo uno de tu especie puede matarte, nada más puede matarte. No todos se convierten, algunos mueren antes. Otros escapan, pero luego vuelven para formar una comunidad, una comunidad que tiene como propósito crear más de nosotros para que tomen nuestro lugar y nos liberen. Eh, tenemos dificultad en el olfato y en la vista, pero se compensa con la capacidad de volar. El gobierno sabe de nosotros, pero jamás te enfrentes a ellos, o sino hazlo discreta…” No dejé que terminara la frase. La ira cargada en mí hizo que le volara la cabeza.

Antes de irme de la casa, utilicé galones de gasolina, que había en la casa, para quemarla. Cuando me fui del lugar, intenté cortarme las venas, pero cicatrizaban a los pocos segundos. Corrí hacia donde dejé a Paula; ella seguía allí, o al menos su cuerpo seguía allí. Lloré amargamente por días enteros, caminé hacia el mar, pero cualquier animal que notara mi presencia huía. Sabía entonces qué hacer, convertir a alguien más y que después me libere.

Es por eso que tuve que cazar. Pero cuando llegó la hora de dejar viva a mi presa, vi el rostro de Paula, recordé cómo ella había sufrido para luego morir. Luego vi el rostro de Gutiérrez y recordé lo horrible de tener que vivir así, aunque sea por poco tiempo. No tuve el valor de mantener a mi presa viva, y la maté.

Así fueron muchas víctimas: las mordía y cuando las iba a dejar vivir, volvía la culpa. Pasaron varios meses y poco a poco perdí mi capacidad de sentir lástima, odio, resignación. Poco a poco mi necesidad de comer fue relegando cualquier otra necesidad, cualquier otro sentimiento. Así es cómo ahora ¿vivo? Quizá sea esta la última vez, que recuerde cómo era sentir, cómo era odiar, cómo era amar…

Historia dedicada a Yara Ojeda Estrada.

viernes, 20 de abril de 2012

Cuando tu ocaso se convirtió en el mío (cuarta parte)

La casa era grande, realmente grande. Con ventanas sólo en la parte alta y con varios árboles rodeándola.

Paula me propuso subirnos a un árbol para ver si había alguien dentro. Desde lo alto vimos un camión de bomberos que iba a toda velocidad, no le dimos importancia. “Fue fácil treparse, además con esta ventana abierta podremos escuchar todo” me dijo Paula. Pero los acontecimientos que se dieron en esa casa sí que fueron difíciles, muy difíciles de digerir.

Gracias a esa pequeña abertura pudimos escuchar la conversación. Allí estaba el grupo de “monstruos”, así me lo señaló Paula; también había un joven, de unos veintitantos años, rubio, amarrado en una silla y que recientemente había sido golpeado. Uno tras otro le recriminaban del porqué se escapó, que ahora tenían que estar más unidos, porque “una” si había logrado huir. Paula y yo nos miramos intrigados. Después de unos minutos sin decirse nada, desamarraron al chico, para luego morderlo en los brazos. La escena era dantesca, en las facciones del chico se veía el dolor, pero no hacía nada para apartarse. Luego de esto, el joven empezó a convulsionar. La escena erizó mi piel. Paula no aguantó, se apartó de la ventana aferrándose fuertemente contra mi pecho. Yo seguí viendo: el chico ya no se movía, los “monstruos” se limpiaban la boca, y cuando creí que eran parte de una secta sangrienta, lo inexplicable sucedió: el cuerpo antes inerte, empezó a moverse, hasta que logró ponerse en pie. Cuando logró su objetivo empezó a reír, era una risa seca, como cuando uno no toma agua por un buen tiempo. Para ese momento, Paula estaba nuevamente viendo por la ventana y me hizo señas que me permitieron saber que sus heridas estaban cerradas. No había más que ver; por instinto, bajamos del árbol y nos fuimos rápido, pero sin hacer ruido, por el mismo camino de dónde habíamos venido.

Lo peor de ese día llegaría, poco antes de las 0:00 horas. La casa que hacía una hora habíamos dejado atrás para embarcarnos al encuentro de lo desconocido, ahora era escombros. Las casas de los vecinos estaban desmoronándose. Los bomberos hacían lo que podían. Paula, buscaba a sus padres, preguntando a cada bombero que encontraba. Yo no sabía qué hacer. Miraba para cada lado viendo desesperación y dolor en muchas personas. Otros, sin embargo, sólo eran curiosos, que veían cómo seguía el incendio.

No sé si fue por el destino (en ese tiempo creía en él), pero logré ver a lo lejos a los “monstruos” que venían acercándose. Imagino que habrá sido la adrenalina del momento, porque lo único que recuerdo es que fui corriendo donde Paula, la agarré del brazo y la llevé corriendo hasta escondernos debajo de un auto, fuera del alcance de las llamas. Los siguientes minutos fueron grito tras grito. Yo escuché todos y cada uno de ellos. Paula sólo escuchó algunos, porque después de que le tapé sus oídos, se desmayó.

Tuve que esperar treinta minutos de angustia, ver cómo caían las personas al suelo, totalmente ensangrentadas, aún vivas, viéndome directamente a los ojos. Eran animales, pero intuí que algún sentido les fallaba, porque ellos estaban allí por “la chica que escapó”, pero no buscaban por dónde estábamos nosotros. Aun así me temía lo peor. Mas para mi alivio, no nos sucedió nada, y antes del amanecer se habían ido. Salí del auto cargando a Paula. La escena era horrible, pero lo que terminó sorprendiendo más, fue el hecho de que no había ni un solo policía.

Caminé hasta mi casa, es decir unas veinte cuadras. Al entrar, me percaté que mis padres dormían, todo era silencio. Subí a mi cuarto y dejé a Paula en mi cama. Terminé durmiéndome sentado en una esquina de mi habitación.

Cuando desperté ella miraba por mi ventana. Me dijo sin apartar la vista de la calle: “Debo irme, tarde o temprano me encontrarán y no quiero que te pase lo mismo que a mí” Ante esta frase, me levanté y le dije: “Desde hoy nunca te dejaré sola, jamás” (jamás debí hacer esa promesa).

Ella no quería que la acompañara, pero yo sabía que si la dejaba ir, jamás la volvería a ver, y no estaba preparado para eso. Así que hice mis maletas, dejé una nota en el refrigerador para mis padres (nunca más los volví a ver) y me fui con ella sin un rumbo establecido, sólo escapando. Así pasaron tres meses, entre campamentos improvisados en bosques, en casas abandonadas. Así pasaron tres meses, y nos enamoramos…

lunes, 26 de marzo de 2012

Cuando tu ocaso se convirtió en el mío (tercera parte)

“Todas las noches solía pasear a mi perro. Pero, la noche antes de que me encontraras, ocurrió algo terrible…” En ese preciso momento, las lágrimas recorrieron sus mejillas, y empezó a temblar. Por reacción, la agarré de las manos y la miré a los ojos. Nuevamente, creo, que le dije algo con la mirada, porque empezó a tranquilizarse. “…Vi a un grupo de muchachos que tenían aspecto de delincuentes, ya sabes, mal vestidos, cicatrices en el rostro. Decidí entonces, cruzar a la otra vereda, pero ellos también lo hicieron. Empecé a caminar más rápido, pero me imitaron, hasta que llegué a una esquina, donde empecé a correr, hasta llegar a casa. Ya allí, subí a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me metí con mi perro debajo de las sábanas, esperando a que mis padres llegaran. Después de un tiempo de esperar, me tranquilicé, quedándome dormida. Pero, cuando desperté…” Las lágrimas volvieron, pero esta vez las sequé con mis dedos, recorriendo su rostro, cada vez que una aparecía. “…los mismos sujetos de quienes había huido, estaban en mi cuarto. Se empezaron a reír cuando intenté huir, uno de ellos me atrapó, diciéndome que dolería, pero sólo al principio. Luché por librarme de esos “monstruos”, pero no pude y antes que me diese cuenta, uno de ellos me mordió las muñecas”

Hasta ese momento, había escuchado con atención todo lo que me tenía que contar aquella chica, pero cuando dijo: “… me mordió las muñecas” me quedé estupefacto. Ella se percató rápidamente de mi reacción, por lo que me agarró de las manos y fijó su mirada en la mía. “Es difícil de creer, pero esa es mi historia… luego de que me mordieran, saltaron uno tras otro por la ventana. Atemorizada, busqué mi celular, pero no lo encontré. Entonces, salí por ayuda, caminando por muchas calles vacías, luego lo único que recuerdo es que estaba entre aquellos arbustos. No tengo idea de cómo pude llegar hasta allí”

Aunque la historia sonase a ficción, estaba convencido de su veracidad. Verdad era lo que sus ojos trasmitían a mi alma. Es por ello, que acepté a develar el misterio que la envolvía. Así, pactamos en encontrarnos en la noche, la iría a ver a su casa.

Esperé nervioso, a que llegara la hora pactada. Pero, media hora antes, ya estaba parado en frente de su casa. Su madre, fue quien me invitó a entrar, y estando en la sala, me dijo: “Paula va a bajar en un momento”. Es así como supe su nombre, (sí, aunque no se pueda creer, no me había dicho su nombre,). Ella bajó después de unos minutos y salimos. En el camino me dijo que le había mentido a su madre, supuestamente iríamos a un centro comercial. Es allí que preguntó por mi nombre con una amplia sonrisa. Yo le respondí con otra sonrisa: “Javier… y tú eres Paula” Ella, asintió con la cabeza, sonriéndome una vez más.

Después de unos minutos, llegamos donde Paula había visto a los “monstruos”; ellos estaban allí. Los seguimos, hasta una gran casa…

martes, 21 de febrero de 2012

Cuando tu ocaso se convirtió en el mío (segunda parte)

¿Les dije antes que no sentía nada, excepto el querer comer? Pues, ahora resulta que tengo otro sentimiento, y a mi parecer puede estar entre culpa, disgusto o sufrimiento. No lo sé con exactitud. Ya ni siquiera recuerdo cómo era sentirlos. Lo único concreto ahora, es que estoy mordiendo el cuello de una chica, que no debe pasar los veinticinco años, y que las lágrimas vuelven a brotar…Unos días antes de convertirme, en lo que sea que me haya convertido, después de salir de clases, mis amigos, me invitaron a comer, pero los rechacé por irme a caminar y meditar (no estoy seguro si fue la peor decisión que pude haber tomado en toda mi vida)… ¡Rayos! ¡Se está convirtiendo! Jamás alguien se había transformado en tan poco tiempo, ahora no sé si matarla, o huir… ¡ah! Pero, ¿por qué me pregunto esto? Ya elegí mi decisión, ¿quién soy yo para hacerla “sufrir” por toda la eternidad?...

Como les iba contando, después de rechazar la propuesta me dirigí hacia mi casa, pero aquel designio del destino y aquella decisión que tomé, permitieron que cortara mi camino, para auxiliar a una chica de unos diecinueve años, oculta tras unos arbustos y con las muñecas ensangrentadas. Me acerqué, nervioso, diciéndole que le traería ayuda, a lo que ella me contestó raudamente que no lo hiciera, que ya estaba perdida. Creyendo lastimosamente que moriría, le hice caso a su petición, acompañándola, en los que creí, eran sus últimos minutos de vida. Y creí que mis sospechas eran verdaderas, cuando, momentos más tarde, tomándome de las manos, “murió”. Nervioso, entonces, reuní fuerzas y la llevé cargada a la universidad, pero a mitad del camino, me agarró la camisa diciéndome suavemente: “Estoy bien, bájame”

Mi sorpresa fue total, cuando me percaté que sus muñecas estaban curadas. Le quise preguntar qué le había ocurrido, pero mi estupefacción no me dejó interrogarla, y le permitió a ella, correr hacia rumbo desconocido (dicen que las primeras impresiones valen mucho, y la que ella me había dejado, que aunque rara, quedó rondando en mis pensamientos durante los siguientes días) Mis amigos, que notaron cierto aire de nostalgia en mi mirada, me convencieron de contarles aquella “historia poco creíble”, como ellos la llamaron.

Pasó una semana sin saber nada de ella. Mi alma, resignada a ya no verla más, cambió mi estado de humor. La nostalgia no se encontraba más, ni en mis ojos ni en mis palabras. Pero, la vida siempre da sorpresas, y cuando menos lo esperaba volví a verla… Era otra tarde después de las clases de la universidad; estaba con mis amigos e iba a almorzar, cuando uno de ellos me dijo: “¡Eh! ¡Mira! Allá hay una chica que mira para acá como buscando a alguien, quizás es la chica de la que nos hablaste jajaja” Es allí, cuando volteo, la veo, y ella me ve. Fueron segundos de palpitación acelerada, y decisiones apresuradas, las cuales me llevaron a dejar a mis amigos en plena conversación, para ir tras “la chica”.

Cuando llegué hacia ella nos quedamos en silencio. No sabía qué era lo que sucedía. Pero, mi corazón volvía a acelerar su marcha. Ella, fue la primera que habló: “Es raro, no te conozco, pero eres la única persona que me vio lastimada, y quizás una de las pocas en las que puedo confiar” Creo, que asentí con la mirada, porque ella me dijo: “Gracias por no abandonarme la primera vez que nos vimos, ahora tengo que contarte lo que me pasó…”

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cuando tu ocaso se convirtió en el mío

Es cierto que cuando uno menos se lo espera, le ocurren hechos impactantes en la vida, es cierto de igual forma, que prever un futuro lejano es para ilusos y/o creyentes. Sin embargo, recién soy consciente, que para todo ser humano es vital tener una pequeña pizca de brujo, de chamán, para así anticiparse a los sucesos, aunque sea por un margen mínimo. Yo hoy ya no soy tonto, ni tampoco creo. Yo ahora, lo único en lo que creo, es en encontrar una forma distinta a la que sé, de morir.

Cierto, cierto, la vida, la muerte, quizás no la entiendan como yo. Nadie las comprende ni las saborea como yo, nadie las “sufre” al mismo tiempo, en un estado que debe estar alejado del cielo, del purgatorio y del mismo infierno. ¿Quién será el próximo desdichado o desdichada al que le inyecte esta agonía palpitante en mis venas?

Sonaré lastimero, pero no se compadezcan de mí, porque ya ningún sentimiento acompaña mis palabras, mis acciones. Lo único que siento es hambre, pero nada más. Ni dolor, ni alegría. No duden si es que deben o no, darme un voto de confianza, porque si empiezan a hacerlo, al instante estaré desgarrando su piel para saciarme y seguir ¿viviendo?

Hace tanto que no soy humano, ¿cuánto ya ha pasado, hace cuánto sucedió? Pobre de mí, que no recuerdo el momento de mi no-muerte, el comienzo (¿final?) de mi vida… mi memoria no quería regresarme mis recuerdos, pero por fin pude arrebatárselos. Y ahora que los tengo, ya no los quiero, ya me acordé del porqué de su rechazo en mi cerebro. Aunque no pueda sufrir, siento lágrimas en mis ojos, las cuales no me dejan ver con claridad, ahora que voy caminando en la madrugada.

Tengo que secarme, de prisa, porque veo otra víctima, una que se parece a la única mujer que amé… ¡Bueno! Volvamos con la chica, que ya va volteando la esquina, yo he de hacer lo mismo… cada vez que la veo me hace recordarla: su aproximadamente metro setenta, su cabello lacio, castaño y por supuesto, entregado al viento…debo evitar volver a mis recuerdos mientras persigo a mi presa…no puedo explicar el cómo, sólo sé que puedo ver sus ojos profundos de color negro, sus labios pequeños, que dibujaban una acuarela distinta en cada segundo que la tuve cerca… ¡Maldición! Se percató de que la sigo, y ya va corriendo. En estos casos, el plan “B” no falla: empiezo a volar y la atrapo. ¡Así de simple!

Y aquí estoy viéndola cómo quiere irse de mis garras, pero no puede. Grita, pero es inútil, nadie ahora puede detenerme de mi pequeño festín. Lo han intentado antes, pero nadie ha podido. Me han atacado como si fuera un hombre lobo, un vampiro, pero han fracasado una y otra vez. Lo único que siento es esta necesidad de comer, aunque creo que en estos precisos momentos nace un sentimiento que creí que jamás volvería a recuperar, el cual poco a poco voy comprendiendo nuevamente… ¡Sí! ¡Deseo! Quiero que esta chica ya no se parezca tanto a mi amada, para así poder comer en “paz”. Pero, este nuevo deseo, no le gana a mi instinto básico, y le doy una mordida a mi víctima, mientras comienzo a recordar cómo conocí a mi único amor…

sábado, 17 de septiembre de 2011

Carta de renuncia

Estoy sentado frente a la computadora, escribiendo y escribiendo palabras, obligadas a escupir una idea, que aunque siendo vaga es sincera. Presento esta carta de renuncia, pero sin el formato establecido, porque no me apetece ser formal en este momento de mi vida.

Necesito sólo de unas cuantas líneas para decirle que renuncio, pero no sólo renuncio al trabajo, sino también a la continua lamentación de saber que mi hija abortó por su culpa. Renuncio porque veo que los años procuran destrozar mi memoria y mi cuerpo. Y sin estos dos a mi disposición, quizás ya no pueda tomar mi decisión final. Esta que ya tomé y que llevo y llevaré a cabo.

Reuniendo fuerzas para hacerle una pregunta (no siendo necesario que me responda, porque ya lo sabré): ¿Por qué a mi hija, por qué destruyó esos ojos verdes, casi turquesas, que me hacían recordar a mi esposa, y que hoy por hoy me hacen recordar los ojos desgastados de mi madre por el llanto continuo, que en paz descanse?

Señor, ya jamás le volveré a llamar jefe, ya jamás sufriré en este mundo por usted. Después de esta carta sabrá mi futuro, pero estoy seguro que ante los demás tendrá un cara hipócrita, lo conozco de años. Pero, aun así después de mi renuncia me volverá a ver y cuando suceda, el tiempo será otro, usted será otro y el remordimiento que hoy yace oculto saldrá a flote con tanta intensidad que se lamentará por el resto de sus días. Téngalo por seguro, señor.

Sabes, ahora me imagino su rostro, y río a carcajadas. No sabe qué gusto me dará cuando lo vea verdaderamente leer esta carta, porque de todas maneras lo voy a ver mientras la descubre en su escritorio y la lee con desdén. Sepa usted que estaré a su lado leyéndola porque para ese momento las pastillas habrán surgido efecto en mí y en mi hija.

Hasta la próxima vez que nos veamos.

Historia dedicada a Briam Goicochea Sánchez